Con los años comprendí que prefiero vivir de otra manera.
Yo no espero nada de los demás, ni bueno ni malo.
Lo que espero de mí es poder seguir evolucionando, aprender, crecer y proporcionarme todo aquello que esté a mi alcance para construir una vida en la que pueda sentirme plena.
Eso no significa cerrarme a las personas. Todo lo contrario.
Cuando alguien llega a mi vida y agrega algo hermoso al bienestar que ya tengo —una conversación, una amistad, un gesto de cariño, una enseñanza, una compañía agradable— lo agradezco profundamente. Agradezco a esa persona, a la vida, al universo o a esa fuerza superior que cada uno nombre según sus propias creencias, porque nuestros caminos pudieron encontrarse.
Pero esa persona no llegó para completar una mitad que estaba vacía.
Llegó para sumar a una vida que ya estaba en marcha.
Y de la misma manera, cuando alguien comienza a disminuir mi tranquilidad, altera constantemente mi equilibrio o convierte el vínculo en una fuente de sufrimiento, procuro alejarme.
Sin odio.
Sin necesidad de castigo.
Y, sobre todo, sin dedicar mis días a recordar una y otra vez lo que esa persona hizo.
Porque alejarse físicamente de alguien mientras continuamos conversando mentalmente con esa persona durante años no es verdadera distancia. Seguimos entregándole nuestra atención y nuestra energía.
Para mí, soltar también significa eso: dejar de alimentar interiormente aquello que decidí dejar atrás.
He aprendido a sentirme mi propia proveedora.
No digo esto desde la soberbia ni desde la idea de que puedo controlar absolutamente todo lo que ocurre. La vida siempre tendrá circunstancias que escapan a nuestras manos.
Lo digo desde la responsabilidad personal.
Puedo proveerme calma.
Puedo buscar conocimiento.
Puedo cuidar mi tiempo.
Puedo elegir mejor mis relaciones.
Puedo crear proyectos.
Puedo aprender a disfrutar de mi propia compañía.
Y puedo decidir dónde permanecer y de dónde retirarme.
Después, la vida también trae encuentros, oportunidades y circunstancias inesperadas.
Yo no necesito exigirlas.
Prefiero estar disponible para recibir aquello que esté en consonancia con la persona que soy y con la vida que estoy construyendo.
Quizás por eso, con el tiempo, he aprendido a pedir menos y a sentir más.
A reconocer esos momentos sencillos en los que uno piensa: estoy bien aquí.
Y cuando encuentro ese estado, no necesito inmediatamente algo más.
Me quedo.
Lo disfruto.
Lo agradezco.
Porque la plenitud no consiste en conseguir permanentemente aquello que todavía nos falta.
A veces la plenitud comienza exactamente al revés:
cuando dejamos de mirar quién debería darnos algo y descubrimos todo lo que somos capaces de generar dentro de nuestra propia vida.
Y desde ese lugar, las personas que llegan ya no vienen a salvarnos ni a completarnos.
Vienen a compartir el camino.
Y si su presencia suma, agradecemos el encuentro.
Si resta constantemente, continuamos caminando.
Pero nuestra vida sigue siendo nuestra.
— Elida Bentancor
Autora, escritora de El Milagro del Éxito