Las críticas, las mentiras, las difamaciones, los ataques, el odio…
todo eso existe y forma parte de la realidad humana.
Pero hay algo importante que comprender:
el daño no nace dentro de ti.
El daño llega desde afuera.
Es una energía, una intención, una carga emocional que alguien intenta depositar sobre vos.
Y aunque muchas veces puede sentirse —porque el cuerpo habla, la intuición avisa y el corazón percibe—, eso no significa que tenga poder real sobre tu vida.
El verdadero daño empieza cuando le abres la puerta.
Cuando lo escuchas demasiado.
Cuando lo repites en tu mente.
Cuando comienzas a creer que lo que dicen o hacen puede definirte, destruirte o apagar tu camino.
Ahí es cuando esa energía entra y encuentra lugar para quedarse.
Por eso hay personas que viven heridas durante años por palabras ajenas, por traiciones o por ataques de otros.
No porque el daño fuera más fuerte que ellas,
sino porque sin darse cuenta lo alimentaron con atención, miedo y pensamiento constante.
A veces, la forma más sana de protegerse no es pelear ni explicar.
Es interrumpir la energía.
Apagar el interruptor.
Dar media vuelta.
No entrar en el juego del odio.
Y seguir caminando hacia una vida más tranquila, más consciente, más luminosa.
Porque aquello que busca dañarte necesita algo de vos para sobrevivir:
tu atención.
Cuando dejas de sostenerlo emocionalmente, pierde fuerza.
No significa negar la realidad.
Significa no permitir que esa oscuridad haga nido dentro de ti.
Siempre dije algo que hoy sigo creyendo profundamente:
como soy la soberana de mi mundo, nada ni nadie puede entrar si yo no lo permito.
Y quizás ahí comienza la verdadera sanación:
cuando entendemos que proteger nuestra paz también es una decisión consciente.
🖊️Elida Bentancor
Autora, escritora de El Milagro del Éxito