El afecto genuino produce una sensación difícil de explicar y muy fácil de reconocer. No necesitamos estar preguntándonos constantemente qué piensa el otro de nosotros, si somos bienvenidos o si debemos hacer algún esfuerzo especial para conservar su cariño.
Simplemente estamos bien.
Puede ocurrir con la familia, con los amigos, con una pareja o incluso con determinados grupos y lugares. Hay ambientes en los que sentimos que podemos ser nosotros mismos y otros en los que permanecemos permanentemente en alerta.
Cuando el destrato, la crítica, la competencia, la indiferencia o la desconfianza comienzan a convertirse en la norma, algo dentro de nosotros empieza a pedir distancia.
Podemos llamarlo intuición, experiencia o inteligencia emocional. Lo cierto es que, con el paso de los años, aprendemos a observar mejor.
Una palabra puede engañarnos. Un gesto aislado también. Pero las conductas repetidas terminan mostrando las verdaderas intenciones.
Y llega un momento en que ya no queremos convencer a nadie para que nos quiera.
No queremos estar demostrando permanentemente nuestro valor, agradando para que alguien permanezca cerca o justificando comportamientos que nos hacen sentir mal.
Porque el afecto verdadero no necesita semejante esfuerzo.
Cuando alguien nos aprecia sinceramente, se siente.
Hay tranquilidad.
Hay respeto.
Podemos expresarnos sin caminar permanentemente sobre terreno incierto. Podemos estar en silencio sin sentir incomodidad. Podemos mostrar nuestras fortalezas y también nuestras vulnerabilidades sin sospechar que algún día serán utilizadas en nuestra contra.
Eso es seguridad afectiva.
En cambio, cuando una relación está construida sobre intereses, apariencias o conveniencias, tarde o temprano aparece la desconfianza. Y vivir desconfiando es agotador.
Por eso muchas personas, después de determinadas experiencias, comienzan a comprender aquella vieja frase: mejor estar solo que mal acompañado.
No porque hayan dejado de amar a la gente.
No porque se hayan vuelto frías.
Sino porque aprendieron el valor de la tranquilidad.
La soledad elegida puede ser mucho más saludable que una compañía en la que tenemos que disminuirnos para ser aceptados.
También aprendemos a ser más cautos.
No toda persona que se acerca merece inmediatamente nuestra confianza. Conocer a alguien requiere tiempo. El afecto sincero se demuestra en la continuidad, especialmente cuando no existe ningún beneficio que obtener de nosotros.
La vida es demasiado valiosa para pasarla intentando encajar en lugares donde nuestra presencia incomoda o donde constantemente debemos luchar por un espacio.
Estamos aquí para aprender, disfrutar, crear, compartir buenas experiencias y atravesar las difíciles procurando salir de ellas con mayor conocimiento.
Por eso, cuando encontramos personas con quienes podemos sentirnos tranquilos, libres y genuinamente apreciados, vale la pena cuidarlas.
Y cuando comprendemos que determinado lugar ya no nos hace bien, también debemos saber retirarnos.
Sin odio.
Sin escándalo.
Sin necesidad de convencer a nadie.
Simplemente entendiendo que nuestro camino continúa.
Porque llega una etapa de la vida en la que dejamos de preguntarnos dónde deberíamos quedarnos y comenzamos a escuchar algo mucho más sencillo:
Te quedas donde hay amor.
Y donde no lo hay, aprendes a seguir caminando.
🖊️ Elida Bentancor
Escritora, autora de El Milagro del Éxito
SANANDO Y GOZANDO — BLOG