Cuando alguien dice una cosa y hace otra,
no hace falta discutir demasiado:
ya te dijo todo.
Las palabras pueden ser amables, prometer ayuda, cercanía o lealtad.
Pero son los hechos los que revelan la verdad.
La conducta es el lenguaje más honesto que existe.
Muchas veces esto nos deja confundidos.
Porque alguien te habla mal de una persona
y luego lo ves conversando con ella como si fueran íntimos amigos.
O te dice “contá conmigo”,
y cuando necesitás apoyo…
no responde, no atiende, desaparece.
Te borran con una goma grande, sin explicaciones.
Eso no es un malentendido.
Eso es incoherencia.
La coherencia no vive en el discurso,
vive en la acción.
En cómo alguien responde,
en cómo se comporta cuando nadie lo está mirando,
en si sostiene lo que dice cuando ya no obtiene beneficio.
También lo vemos a menudo en la política:
promesas que suenan perfectas,
palabras que buscan votos,
y luego el silencio, la indiferencia,
o el gesto de “no te conozco” cuando el poder ya está asegurado.
Frente a estas situaciones, ¿qué nos toca hacer?
Primero, no engañarnos.
Aceptar lo que los hechos muestran, aunque duela.
Segundo, ser más coherentes que ellos.
No caer en el mismo juego.
No prometer lo que no vamos a cumplir.
No decir lo que no sentimos.
Y cuando sea necesario, confrontar con claridad y respeto:
“Vos dijiste esto, pero hiciste otra cosa.
¿Cómo esperás que vuelva a confiar?”
Sanar también es aprender a leer la realidad sin filtros emocionales.
Y gozar empieza cuando dejamos de justificar incoherencias
y elegimos rodearnos —o al menos ser— personas
que piensan, dicen y hacen en la misma dirección.
Porque la coherencia no se proclama.
Se demuestra.
✍️Elida Bentancor
Sanando y Gozando -Blog